Diarios & Carta al padre

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19 [de septiembre de 1912]. El inspector Pokorny cuenta cosas del viaje que realizó en compañía de un condiscípulo siendo un muchacho de trece años y llevando setenta coronas en el bolsillo. Cómo llegaron una noche a una posada en la que estaban celebrando una gran fiesta en honor del alcalde, que había regresado de cumplir el servicio militar. En el suelo había más de cincuenta botellas de cerveza vacías. Todo estaba lleno del humo de las pipas. El hedor de los restos fermentados. Los dos muchachos pegados a la pared. El alcalde borracho que, recordando su vida militar, quiere poner orden en todas partes, se acerca a ellos y los amenaza con mandarlos a casa por desertores, pues los tiene por tales a pesar de las explicaciones que ellos le dan. Los muchachos tiemblan, enseñan los documentos de identidad del instituto, declinan la palabra mensa, un maestro de escuela medio borracho contempla la escena pero no les presta ayuda. Sin que se llegue a ninguna determinación sobre su destino, son forzados a beber con los demás, ellos muy contentos de que les den gratis tal cantidad de buena cerveza, un lujo que nunca habrían podido procurarse con sus escasos medios. Beben hasta hartarse y luego, bien entrada la noche, una vez que se han marchado los últimos clientes, se tumban en aquella habitación sin ventilar sobre una delgada capa de paja y duermen como señores. Sólo que a las cuatro llega una gigantesca criada con la escoba, declara no tener tiempo y los habría hecho salir a escobazos a la niebla matutina si no hubieran salido corriendo voluntariamente. Una vez que la habitación quedó un poco más limpia, les pusieron en las mesas los grandes tazones de café, llenos hasta arriba. Pero cuando revolvían su café con la cuchara, emergía de vez en cuando a la superficie una cosa grande, redonda, oscura. Pensaron que ya se enterarían de qué era aquello y bebieron con avidez, hasta que, a la vista del tazón medio vacío, les entró miedo de aquella cosa oscura y consultaron a la criada. Resultó que lo negro era sangre de ganso cuajada que había quedado en los tazones de la fiesta del día anterior y sobre la que, con la modorra matutina, habían vertido el café. Al punto los muchachos corrieron afuera y vomitaron todo, hasta la última gota. Más tarde, hubieron de presentarse al párroco, quien comprobó, tras someterlos a un breve examen de religión, que eran buenos chicos, hizo que la cocinera les sirviera una sopa y los despidió luego, bendiciéndolos.


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