Diarios & Carta al padre

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La vida social se desarrolla en círculo. Las únicas personas que se entienden entre sí son las que se hallan afectadas por una determinada dolencia. En virtud de la naturaleza de su dolencia forman un círculo y se apoyan mutuamente. Se deslizan por los bordes interiores de su círculo, se ceden el paso o, en caso de aglomeración, se empujan suavemente unas a otras. Cada una de esas personas da ánimos a la otra, bien con la esperanza de que eso tenga repercusión sobre ella misma, bien, y entonces sucede apasionadamente, con el goce directo de esa repercusión. Cada una de esas personas tiene tan sólo la experiencia que su dolencia le permite, sin embargo es posible oír cómo tales compañeros intercambian entre sí experiencias enormemente diversas. «Eres así», le dice el uno al otro, «en vez de quejarte, da gracias a Dios de ser así, pues si no fueras así, te encontrarías sumido en esta o en aquella desgracia, en esta o en aquella vergüenza.» ¿De dónde saca ese hombre su saber? Pues él pertenece, sus palabras lo delatan, al mismo círculo que la persona a la que las ha dirigido, su necesidad de consuelo es del mismo género. Pero en el mismo círculo se sabe siempre lo mismo. No hay ni el menor asomo de un pensamiento por el que quien da consuelo aventaje a quien lo recibe. De ahí que sus conversaciones sean únicamente coincidencias de la imaginación, un trasvase de los deseos del uno al otro. A veces uno mira al suelo y el otro a un pájaro, esas diferencias determinan su trato. A veces se unen en su fe y ambos miran, juntas las cabezas, hacia el infinito, allá en lo alto. Pero el conocimiento de su situación sólo les sobreviene cuando inclinan juntos la cabeza y sobre ellos desciende el martillo que les es común.


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