Diarios & Carta al padre

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Lo que sí es seguro es que, en los grandes banquetes que el conde Rasumovsky, embajador de Rusia, daba en su honor en Viena, él (Suwórow) comía como un glotón cuantos manjares ponían sobre la mesa, sin aguardar a nadie. Una vez que se hartaba, se levantaba y dejaba solos a los invitados.

Según un grabado, un hombre mayor, delicado, decidido, meticuloso.

«No era tu destino», triste consuelo que me da mi madre. Lo peor es que, por el momento, no necesito uno mejor. Ahí sí tengo una herida, y no dejo de tenerla; por lo demás, la vida regular, poco variada, semiactiva, de los últimos días (mi trabajo sobre el «movimiento» en la oficina, las preocupaciones de Anzenbacher por su novia, el sionismo de Ottla[501], el goce experimentado por las muchachas en la conferencia de Salten y Schildkraut[502], mi lectura de las Memorias de Thürheim, mis cartas a Weiss y a Löwy, mi corrección de La transformación) me obliga a concentrarme y me proporciona algo de orden y estabilidad.

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