Diarios & Carta al padre

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En sueños yo rogaba a la bailarina Eduardova que, por favor, volviese a bailar la czarda[3]. Tenía en medio de la cara, entre el borde inferior de la frente y el centro de la barbilla, una ancha franja de sombra o de luz. Justo en aquel momento llegaba alguien, con los repugnantes movimientos propios del intrigante inconsciente, a decirle que el tren estaba a punto de salir. Por su modo de escuchar aquel aviso yo comprendía aterrado que ella ya no bailaría. «Soy una mujer malvada, mala, ¿verdad?», decía. Oh no, decía yo, eso no, y me daba la vuelta para irme en una dirección cualquiera.

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Antes le preguntaba por las muchas flores que llevaba prendidas en el cinturón. «Son de todos los monarcas de Europa», decía. Yo reflexionaba sobre qué sentido tenía que todos los monarcas de Europa hubiesen regalado a la bailarina Eduardova aquellas flores frescas que llevaba prendidas en el cinturón.

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