Diarios & Carta al padre

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Sueños: En Berlín, por la calle, en dirección a la casa de ella, con la conciencia en calma, dichosa, pues aunque todavía no he llegado a su casa, tengo la seguridad de que voy a llegar fácilmente, seguro que llegaré. Veo el trazarlo de las calles, en una casa blanca un letrero, algo así como «Los Magníficos Salones del Norte» (leído ayer en el periódico), que en el sueño lleva añadido «Berlín W». Pregunto a un policía mayor, campechano, de nariz roja, enfundado en una especie de librea. Recibo una información detalladísima, incluso me señala con la mano, a lo lejos, la barandilla de un pequeño jardín con césped a la que, por razones de seguridad, debo asirme cuando pase por allí. Después, consejos relativos al tranvía eléctrico, al ferrocarril subterráneo, etc. Ya no puedo seguirlo y pregunto, asustado, sabiendo bien que subestimo las distancias: «Eso debe de distar de aquí cerca de media hora». Pero él, un hombre mayor, responde: «Yo me planto en seis minutos». ¡Qué alegría! Me acompaña siempre alguien, una sombra, un camarada, no sé quién es. Prácticamente no tengo tiempo de darme la vuelta, de volverme de lado. — Me alojo en Berlín, en una pensión en la cual sólo se alojan, al parecer, judíos polacos jóvenes; cuartos pequeñísimos. Derramo una botella de agua. Hay uno que escribe sin parar en una pequeña máquina de escribir, cuando se le pide algo apenas vuelve la cabeza. Imposible hacerse con un mapa de Berlín. Veo siempre en la mano de uno un libro que es parecido a un plano. Pero resulta que contiene siempre algo diferente por completo, una lista de las escuelas berlinesas, una estadística de impuestos o algo por el estilo. No quiero creerlo, pero me lo de muestran sin la menor duda, sonriendo.


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