Diarios & Carta al padre

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8.X [1911] mismo, quizá sólo el actor que lo representa, y en realidad un detective que no conocemos, y declara que tiene que proceder a un registro de la casa, «pues en esta casa no está uno seguro de su vida». Seidemann: Hijos míos. No os preocupéis, se trata por supuesto de un error, naturalmente. Todo se aclarará. Encuentran el cadáver de Edelmann, arrancan a Edelmann hijo de su amada y lo detienen. Durante todo un acto, con gran paciencia y con pequeñas observaciones incidentales muy bien entonadas (Sí, sí. Muy bien. No, así no. Sí, así está mejor. Desde luego, desde luego), Seidemann instruye a los dos del caftán sobre cómo deben testificar ante el tribunal acerca de la enemistad, supuestamente antigua, entre Edelmann padre y Edelmann hijo. Les cuesta entrar en el juego, hay muchos malentendidos, así, en un improvisado ensayo de la escena del juicio comparecen y declaran que Seidemann les ha encargado presentar el asunto como sigue, hasta que finalmente se empapan tanto de aquella enemistad que incluso —Seidemann ya no puede contenerlos— están en condiciones de mostrar cómo se produjo el asesinato y el hombre acuchilla a la mujer con ayuda de una estaca. Eso, por supuesto, va mucho más allá de lo que Seidemann espera de ellos. Pese a todo, está bastante contento con los dos y espera que con su ayuda el proceso tenga un buen desenlace para él. Entonces el escritor se retira y, para el espectador creyente, interviene Dios mismo, sin que nadie lo diga de manera expresa, pues es evidente, y ciega al malvado. En el último acto vuelve a aparecer, haciendo el papel de juez, el eterno actor que representa a Dragomírov (también ahí se muestra el desinterés por lo cristiano, un actor judío puede representar perfectamente tres papeles de cristiano, y si los representa mal, no importa), y junto a él, en el papel de abogado, con grandes pelambreras y mostacho, la hija de Seidemann, a la que se reconoce enseguida. Cierto, se la reconoce enseguida, y durante bastante rato, visto lo que sucede con Dragomírov, creemos que se trata de otro caso de pluriempleo, pero luego, hacia la mitad del acto, comprendemos que se ha disfrazado para salvar a su amado. Los dos del caftán tienen que prestar testimonio por separado, pero les cuesta mucho, pues han ensayado juntos. Tampoco entienden el alemán correcto del presidente, en cuya ayuda sale el abogado cuando las cosas se ponen demasiado mal, aparte de soplarle otras veces lo que tiene que decir. Luego le llega el turno a Seidemann, que ya antes ha intentado dirigir, tirándoles de la ropa, a los del caftán, y con su palabra fluida y precisa, su actitud razonable, su modo correcto de dirigirse al presidente del tribunal, causa, en comparación con los testigos anteriores, una buena impresión, que contrasta terriblemente con lo que sabemos de él. Su declaración no aporta gran cosa, él por desgracia sabe muy poco del asunto. Pero ahora llega, no completamente consciente de ello, el verdadero acusador de Seidemann, en la persona del último testigo, su criado. Ha visto a Seidemann comprar el cuchillo, sabe que en el momento decisivo Seidemann estaba en casa de Edelmann, sabe finalmente que Seidemann odiaba a los judíos y especialmente a Edelmann, y quería hacerse con sus letras de cambio. Los dos del caftán se levantan de un salto y corroboran felices todo lo que ha dicho el criado. Seidemann se defiende como un hombre de honor un poco trastornado. Entonces le llega el turno de hablar a su hija. ¿Dónde está? En casa, naturalmente, y puede confirmar todo lo que digo. No, su hija no puede confirmar nada, dice el abogado, y va a demostrarlo, se gira hacia la pared, se quita la peluca y se vuelve hacia el aterrorizado Seidemann, mostrando ser su hija. Cuando se quita también el mostacho, el puro color blanco de la piel por encima del labio superior tiene un aspecto amenazador. Seidemann ha tomado veneno para escapar a la justicia terrenal, confiesa sus crímenes, pero ya casi no los confiesa a los seres humanos, sino al Dios judío, cuya fe profesa ahora. Entretanto el pianista ha atacado una melodía, los dos del caftán se sienten poseídos por ella y no pueden evitar ponerse a bailar. Al fondo, unida, se halla la pareja de novios y canta, especialmente el serio novio, la melodía, según la antigua costumbre del templo.


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