Diarios & Carta al padre

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«Imitadora de caballeros» es una denominación errónea. Al estar embutida en su caftán, nos olvidamos completamente de su cuerpo. Lo único que nos hace pensar en su cuerpo son las sacudidas de los hombros y los giros de la espalda, como si le picara una pulga. Las mangas, aunque son cortas, tiene que subírselas un poco a cada instante, cosa que el espectador espera que sirva de gran alivio para la mujer, que tiene que cantar tantas cosas y explicarlas también a la manera talmúdica, y él mismo atiende a que eso ocurra.

Deseo de ver un teatro yídish a lo grande, pues quizá la representación adolezca de la escasez de actores y de la imprecisión de los ensayos. También el deseo de conocer la literatura yídish, que al parecer tiene asignada una permanente actitud de lucha nacional que determina cada una de sus obras. Una actitud que ninguna literatura, ni siquiera la del pueblo más oprimido, posee de una manera tan completa. Quizá en otros pueblos ocurra, en épocas de lucha, que predomine la literatura de lucha nacional y que el entusiasmo de los espectadores otorgue un brillo nacional en este sentido a otras obras más ajenas en principio al asunto, como por ejemplo La novia vendida[45], pero aquí sólo parecen subsistir, y subsistir de modo duradero, las obras del primer género.

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