Diarios & Carta al padre

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12.X 1911. Ayer, en casa de Max, escribí en el diario de París[50]. En la penumbra de la Rittergasse, con su vestido de otoño, gorda, cálida, la Rehberger[51], a la que hasta entonces sólo habíamos visto con su blusa de verano y su delgada chaquetilla azul de verano, ropas con las que una chica con un físico no completamente intachable resulta al fin y al cabo más fastidiosa que desnuda. Ahí se veía más que nunca su robusta nariz en medio de la cara exangüe, cuyas mejillas podrían apretarse con las manos durante un buen rato antes de que apareciese un enrojecimiento, el espeso bozo rubio que se acumulaba en sus mejillas y su labio superior, el polvo del tren que se había depositado entre la nariz y las mejillas, y el débil blancor de su piel en el escote de la blusa. Pero hoy la habíamos seguido respetuosos, y cuando tuve que despedirme en la entrada de un pasaje delante de la Ferdinandstrasse, porque no iba afeitado y tenía en general un aspecto astroso (Max estaba en aquel momento muy guapo, con su sobretodo negro, su cara blanca y el brillo de sus gafas), sentí luego unas cuantas pequeñas sacudidas de cariño hacia ella. Y cuando me he preguntado por qué, he debido repetirme que sólo porque iba tan cálidamente vestida.

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