Diarios & Carta al padre

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Los primeros hechos que figuraron en el atestado de la muerte súbita del abogado Monderry fueron los siguientes: Un día, hacia las cuatro y media, era una hermosa mañana de junio y ya estaba completamente claro, la señora Monderry salió corriendo de su piso de la tercera planta, se inclinó sobre la barandilla de la escalera y gritó, los brazos extendidos con el evidente propósito de pedir ayuda a toda la casa: «¡Han asesinado a mi marido! ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Han asesinado al bueno de mi marido!». El primero que vio y oyó a la señora Monderry fue el mozo de una panadería que, llevando en ambas manos un gran cesto con panecillos, subía justo en ese momento los últimos peldaños de la tercera planta. Él fue también el que afirmó en el primer interrogatorio haber retenido textualmente en su memoria los gritos de la señora Monderry. Más tarde, sin embargo, cuando fue careado con la señora Monderry, retiró esa declaración y dijo que bien podía haberse equivocado, pues en el primer momento estaba demasiado asustado por la aparición de la señora. Esto era, desde luego, muy probable, pues todavía semanas más tarde, cuando exponía el suceso, estaba tan excitado que acompañaba su relato con exagera dos movimientos de manos y pies, a fin de producir en el oyente una impresión que al menos aproximadamente se acercase a la que él guardaba dentro de sí. Según su relato, la señora Monderry salió precipitadamente, dando un grito, por la puerta, él no advirtió en absoluto que la abriese, por ello creía que ya estaba abierta, la señora Monderry había separado sus manos, que hasta entonces mantenía convulsivamente juntas encima de su cabeza, y se había lanzado hacia la barandilla. Iba vestida únicamente con el camisón y una pañoleta gris que ni siquiera cubría completamente su busto. Su cabello estaba suelto y una parte de él le caía sobre la cara, lo cual también contribuyó a hacer más confusos sus gritos. Apenas la vio el mozo de la panadería, la señora Monderry corrió hacia la escalera, lo atrajo con manos temblorosas hacia donde ella estaba, se colocó detrás de él y lo empujó hacia delante como una especie de protección, mientras mantenía sus hombros agarrados. Con las prisas el muchacho no pensó en dejar el cesto con los panecillos en algún sitio y no lo soltó de sus manos durante todo el tiempo. Así caminaron —la mujer, con miedo creciente, apretaba al joven contra sí cada vez con más firmeza—, a pasos rápidos pero muy cortos, hacia la puerta de la casa, traspasaron el umbral y avanzaron por el oscuro y estrecho vestíbulo. La cara de la mujer estaba inclinada siempre a derecha o a izquierda del joven, parecía acechar algo que tuviera que revelarse enseguida, a veces tiraba del joven hacia atrás como si fuera imposible seguir avanzando, pero luego volvía a empujarlo hacia delante con todo su cuerpo. La mujer abrió con una de sus manos la primera puerta del pasillo, mientras con la otra sujetaba la parte posterior del cuello del muchacho. Recorrió con su mirada el suelo, las paredes y el techo de la habitación, no encontró nada, dejó abierta la puerta y avanzó, ahora más decidida, pero siempre con el joven, hacia la puerta siguiente. Ésta estaba ya abierta de par en par. Al entrar no se veía mucho más que dos camas, una al lado de la otra. La habitación estaba oscura, pues las pesadas cortinas de la ventana, completamente cerradas, sólo dejaban pasar por estrechos huecos un tenue resplandor de la luz del día. Sobre la mesilla de noche de la cama que se encontraba más cerca de la puerta ardía un cabo de vela. En aquella cama no se veía nada insólito, pero en la otra tenía que haber ocurrido algo. En ese momento fue el joven el que no quiso avanzar, pero la mujer lo empujó hacia delante con puños y rodillas. En un interrogatorio le preguntaron al muchacho por qué había vacilado, si por miedo a lo que había esperado ver en la cama. Él respondió que en general no tenía miedo, que tampoco lo tuvo entonces, pero que en aquel instante había tenido la sensación de que algo permanecía oculto en algún lugar de la habitación y podía saltar de repente. Antes de seguir adelante, él habría querido aguardar a ese «algo», que no podía describir con más detalle. Pero como a la mujer parecía importarle mucho llegar hasta la segunda cama, él acabó cediendo.


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