Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 14 [de septiembre de 1915]. Con Max y Langer, el sábado, en casa del rabino milagroso[611]. Zizkov, Harantova Ulice[612]. Muchos niños en la acera y en los peldaños de la escalera. Una casa de huéspedes. Arriba completamente oscuro, un par de pasos a ciegas con las manos extendidas. Un cuarto en pálida penumbra, paredes blanco grisáceas, unas cuantas mujercitas y muchachas, pañuelos blancos en las cabezas, caras macilentas, están de pie por allí, pequeños movimientos; impresión de cosa exangüe. Cuarto contiguo. Todo negro, lleno de varones, adultos y jóvenes. Plegarias en voz alta. Nos apretujamos en un rincón. Apenas hemos echado un vistazo alrededor, ya ha llegado a su fin la plegaria, el cuarto se vacía. Cuarto esquinero con dos ventanas en cada una de las paredes. Nos empujan hacia una mesa, a la derecha del rabino. Nos resistimos: «Pero también vosotros sois judíos». Lo que caracteriza al rabino es su intensísima naturaleza paternal. Todos los rabinos tienen un aspecto salvaje, dijo Langer. Éste de aquí lleva un caftán de seda, debajo del cual se vislumbran los calzoncillos. Pelos en el dorso de la nariz, bonete ribeteado de piel, que desplaza continuamente de un lado para otro. Sucio y puro, peculiaridad de quienes piensan con intensidad. Se rasca en el nacimiento de la barba, se suena con la mano, los mocos van a parar al suelo, mete los dedos en los alimentos — pero si deja un rato la mano sobre la mesa, se ve la blancura de su piel, una blancura como uno sólo cree haber visto en las fantasías de la infancia; en aquel entonces, por lo demás, también nuestros padres eran puros.