Diarios & Carta al padre

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22 de julio [de 1916]. Extraño uso judicial. El condenado es apuñalado en su celda por el verdugo sin que se permita estar presentes a otras personas. El condenado está sentado a la mesa y termina su carta o su última comida. Llaman a la puerta, es el verdugo. «¿.Estás preparado?», pregunta. Sus preguntas e instrucciones le vienen prescritas tanto en lo que se refiere a su contenido como a su secuencia, el verdugo no puede desviarse de ellas. El condenado, que primero se ha levantado de un salto de la silla, está otra vez sentado, mira fijamente delante de sí o se ha tapado la cara con las manos. Como el verdugo no recibe respuesta, abre encima del camastro la caja de sus instrumentos, escoge los puñales y todavía da un último retoque a los filos. Ya está muy oscuro, instala una pequeña linterna portátil y la enciende. El condenado vuelve sigilosamente la cabeza hacia el verdugo, pero cuando se da cuenta de lo que está haciendo, se estremece, se vuelve de nuevo y no quiere seguir viendo nada más. «Estoy preparado», dice el verdugo al poco rato. «Preparado», exclama el condenado con una pregunta que es un grito, se pone en pie de un salto y ahora mira de frente al verdugo. «Tú no me matarás, no vas a tumbarme en el camastro y apuñalarme, pues eres un ser humano, puedes ajusticiar en el cadalso, con ayudantes y en presencia de funcionarios judiciales, pero no aquí en la celda, un ser humano a otro ser humano.» Y como el verdugo, inclinado sobre su caja, calla, el condenado añade con más calma: Es imposible. Y como también ahora permanece silencioso el verdugo, el condenado añade todavía: «Precisamente porque es imposible se ha introducido este extraño uso judicial. Se debía continuar guardando las formas, pero ya no se debía ejecutar la pena de muerte. Me llevarás a otra cárcel, allí permaneceré probablemente mucho tiempo todavía, pero no seré ajusticiado». El verdugo sacó un nuevo puñal de su funda guateada y dijo: «Sin duda estás pensando en esos cuentos de hadas en los que un criado recibe el encargo de abandonar a un niño, pero no llega a hacerlo, sino que prefiere dar el niño a un zapatero en calidad de aprendiz. Eso es un cuento de hadas, pero aquí no hay cuentos de hadas». La coincidencia no del todo completa


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