Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre El viajero tuvo que rechazar con violencia el sentimiento que lo invadÃa de que en aquel caso se habÃa creado un orden perfecto. Se cansó y renunció al plan de enterrar en aquel momento el cadáver. El calor, que todavÃa continuaba subiendo —sólo por no sentir vértigo no querÃa levantar el viajero su cabeza hacia el sol—, el súbito, definitivo enmudecimiento del oficial, la vista de aquellos dos de allà enfrente, que tenÃan clavados sus ojos en él con extrañeza y con los que habÃa perdido todo contacto a causa de la muerte del oficial, finalmente aquella refutación neta, maquinal, que la opinión del oficial habÃa encontrado allà —todas estas cosas—, el viajero no pudo seguir manteniéndose en pie por más tiempo y se sentó en la silla de mimbre. Si su barco se hubiese deslizado hasta allÃ, a través de aquella arena sin caminos, para recogerlo — qué hermoso habrÃa sido. HabrÃa subido a bordo, sólo desde la escalerilla le habrÃa hecho todavÃa un reproche al oficial por la cruel ejecución del condenado. Lo contaré en casa, habrÃa dicho levantando la voz para que también lo oyesen el capitán y los marineros, que arriba se inclinarÃan curiosos sobre la barandilla. «¿Ejecutado?», habrÃa preguntado entonces con razón el oficial. «Pero si está ahû, habrÃa dicho señalando con el dedo al que llevaba la maleta del viajero. Y, efectivamente, aquél era el condenado, como se convenció el viajero al mirarlo penetrantemente y examinar detenidamente sus facciones. «Enhorabuena», tenÃa que decir el viajero y lo decÃa de buena gana. «¿Un truco de prestidigitador?», preguntó todavÃa. «No», dijo el oficial, «un error por parte de usted, yo he sido ejecutado como ordenó usted.» El capitán y los marineros escucharon en ese momento con más atención todavÃa. Y todos ellos vieron cómo en ese momento el oficial se pasaba la mano por la frente y dejaba al descubierto una aguja que sobresalÃa, torcida, de su frente reventada.