Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre En la calle la bailarina Eduardova no es tan guapa como en el escenario. Su palidez, esos pómulos que le estiran tanto la piel que apenas se produce en su cara un movimiento un poco fuerte, su gran nariz, que se alza como de un hoyo, y con la que no se pueden gastar bromas, como comprobar la dureza de la punta o agarrarla suavemente por el tabique y tirar de un lado para otro diciendo «Vas a ver como ahora sí que vienes», su figura ancha, de talle alto, con esas faldas llenas de pliegues, a quién puede gustarle eso — casi me parece ver a una de mis tías, a una señora mayor, mucha gente tiene tías que se parecen a ella. Aparte de sus pies, que son estupendos, realmente la Eduardova, vista en la calle, no tiene nada que compense esas faltas, no hay en ella absolutamente nada que mueva al entusiasmo, al asombro, ni siquiera al respeto. Y por eso muchas veces he visto tratar a la Eduardova con una indiferencia que ni siquiera caballeros muy diplomáticos y muy correctos podían ocultar, por más que, naturalmente, se esforzasen mucho, por tratarse de una bailarina tan famosa como lo era al fin y al cabo la Eduardova.
_______
Al tacto el pabellón de mi oreja se notaba fresco, áspero, frío y jugoso, como una hoja de árbol.
Esto lo escribo, con toda seguridad, por desesperación con mi cuerpo y con mi futuro con este cuerpo.