Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 28 [de enero de 1922]. Un poco aturdido, cansado de deslizarme cuesta abajo, todavía hay armas que empleo muy raras veces, me resulta tan difícil acceder a ellas porque no conozco la alegría de usarlas, no aprendí eso de niño. No lo aprendí, no sólo «por culpa de mi padre», sino también porque yo quería destruir la «tranquilidad», perturbar el equilibrio, y por eso no podía permitir que en otro lado volviese a nacer alguien al que aquí me esforzaba yo en enterrar. Por aquí también llego a la «culpa», pues ¿por qué quería yo irme de este mundo? Porque «él» no me dejaba vivir en este mundo, en su mundo. De todos modos, no tengo derecho a emitir un juicio tan rotundo, pues ahora ya soy ciudadano de ese otro mundo, el cual es al mundo ordinario como el desierto a la tierra cultivada (hace cuarenta años que emigré de Canaán); miro hacia atrás como un extranjero, también en ese otro mundo soy —esto lo he aportado como herencia de mi padre— el más pequeño y angustiado de todos, ciertamente, y en él soy capaz de vivir en virtud únicamente de la organización especial que allí existe, conforme a la cual hay, incluso para los más insignificantes, exaltaciones fulminantes, también desde luego hundimientos que duran milenios y parecen sometidos a presiones oceánicas. ¿No tendría que estar agradecido, a pesar de todo? ¿Tan claro está que habría sabido encontrar el camino hasta aquí? ¿No habría podido yo ser aplastado en la frontera por el «destierro» de allí unido al rechazo de aquí? ¿No era el poder de mi padre tan fuerte como para que nada pudiera resistirse a su expulsión (no a mí)? Es como la peregrinación por el desierto pero al revés, con los sucesivos acercamientos al desierto y sus esperanzas pueriles (especialmente en lo que respecta a las mujeres): «quizá sí permanezca a pesar de todo en Canaán», y entretanto hace ya mucho tiempo que estoy en el desierto y esas esperanzas sólo son visiones de la desesperación, especialmente en aquellos momentos en que también allí soy el más miserable de todos y Canaán tiene que presentarse como la única tierra prometida, pues no hay otra para los humanos.