Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre A la señora Tschissik (me gusta tanto escribir su nombre) le gusta inclinar la cabeza hacia la mesa, también mientras come asado de ganso, uno cree llegar con la mirada debajo de sus párpados si primero la desliza con cuidado por sus mejillas y luego achicándose se cuela en su interior, para lo cual no hace falta levantar los párpados, pues ya los tiene levantados dejando pasar precisamente ese brillo azulado que invita a intentarlo. De su repertorio de verdadera actriz surgen aquí y allá ademanes con el puño, giros del brazo, que dibuja en torno a su cuerpo invisibles colas de vestido en pliegues, el colocarse en el pecho los dedos separados, pues no basta con el grito desprovisto de arte. Su repertorio interpretativo no es muy extenso: su manera de mirar asustada al actor que le da la réplica, de buscar una salida en el pequeño escenario, la voz suave, que en ascensos rectos y breves se torna heroica sin necesidad de forzarla, sólo gracias al aumento de la resonancia interior, la alegría que entra en ella por su cara, que se abre y se dilata más allá de la alta frente, hasta el pelo, el dominio de sí misma mientras canta sin echar mano de otros recursos, la manera de erguirse al ofrecer resistencia, lo que fuerza al espectador a preocuparse de todo su cuerpo; y no mucho más. Pero ahí está la verdad del conjunto y en consecuencia la convicción de que no es posible quitarle ni el menor de sus efectos[69].
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