Diarios & Carta al padre

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2 de septiembre [de 1911], sábado. Temblor de la cara en el pequeño vapor — cortinas recogidas (marrones con dibujo blanco de cenefa) delante de las tiendas (Cadenabbia) — abejas en la miel — mujer solitaria malhumorada con tórax corto, profesora de idiomas — caballero impecable con pantalones remangados. Sus antebrazos flotan por encima de la mesa, como si las manos, en lugar del mango del cuchillo y el tenedor, sostuvieran los extremos del respaldo de un sillón. — Escucha al dueño del restaurante —pierna con pierna — niños viendo los débiles cohetes: encore un — zumbido — brazos estirados — viaje desagradable en el pequeño vapor. Demasiada participación en el movimiento — no lo bastante altos para notar el aire fresco y poder ver sin obstáculos el paisaje — más o menos a la altura de los fogoneros — baño entre Cassagnola y Gandria en asientos construidos por nosotros — grupo que pasa, hombre, vaca y mujer. Ella va contando algo. Turbante negro, vestido suelto. Latidos del corazón de las lagartijas — consumo de energía de un caballero: le sirven en la sala de lectura, bastante tarde y al mismo tiempo, cerveza, vino, Fernet Branca, postales, leves suspiros — niño del dueño aguza la boca hacia mí, aunque aún no he hablado nunca con él, para darme un beso de buenas noches, por orden de su madre. Me ha gustado - Gandria en lugar de calles escaleras de sótano y pasillos de sótano —le pegan a un niño, sonido sordo de las camas al ser sacudidas — casa cubierta de hiedra, salpicada de hiedra por los extremos — en Gandria costurera en la ventana sin persianas, cortinas ni cristales — nos apoyamos el uno en el otro camino de los baños de Gandria, de lo cansados que estamos — desfile solemne de barcas detrás de un pequeño vapor negro — señores jóvenes contemplando imágenes arrodillados en cuclillas en el embarcadero de Gandria, uno completamente de blanco, lo conocemos bien como mujeriego y bromista — en Porlezza por la tarde en el muelle. — Un francés ya olvidado, con barba, vuelve a recordarnos su extravagancia frente al monumento a Guillermo Tell — ese monumento con tubo de desagüe que es una cañería de cocina, latón saliendo de la piedra


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