Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre La chica que, al sentarse, dejaba ver bajo el vestido traslúcido su vientre indudablemente informe por encima de las piernas separadas y entre ellas, pero cuando se levantó el vientre se encogió como un decorado teatral detrás de un velo, lo que daba como resultado final un cuerpo femenino soportable. La francesa, cuya dulzura, como se podÃa concluir después de observarla, se manifestaba ante todo en las rodillas redondas pero detalladas, charlatanas y cariñosas. — Una autoritaria figura monumental, que se mete en la media el dinero que acaba de ganar. — El anciano con las manos en la rodilla, la una encima de la otra. — La de la puerta, con cara malvada de española, y que se pone las manos en las caderas en otro gesto español, y se contonea dentro de una especie de corpiño de seda de preservativo. Tiene un espeso reguero de pelo entre el ombligo y el pubis. — En nuestros burdeles las chicas alemanas distraen por un rato a los clientes de su identidad nacional, aquà lo hacen las francesas. Quizá conocimiento insuficiente de estas cosas del paÃs. — Pasión castigada por las bebidas frÃas: una granadina, dos aranciata en el teatro, una en el bar del Corso Emanuele, un sorbete en el café de la GalerÃa, un agua mineral francesa Thierry, que de repente revela los efectos de todo lo anterior, me acuesto triste contemplando, desde la cama, una vista muy amplia y muy italiana de la ciudad, que se dibuja en una ventana algo sobresaliente de una fachada lateral, despertar desconsolado con tirantez seca en todas las paredes de la garganta. — Elegancia nada funcionarial de los policÃas cuando hacen la ronda con los guantes de punto sujetos en una mano y la porra en la otra. — Con prostitutas por la plaza de la catedral y en la GalerÃa — por la mañana pido disculpas a Max por lo del burdel.