Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Inicio de los malentendidos en París. Max sube a mi habitación de hotel, enfadado porque todavía no estoy listo y sigo lavándome la cara, a pesar de que yo mismo había propuesto que sólo nos laváramos un poco y saliéramos enseguida. Con lo de lavarnos un poco sólo excluía lavarse el cuerpo y me refería precisamente a lavarnos la cara, y todavía no he acabado de hacerlo, así que no entiendo sus reproches y sigo lavándomela, aunque no tan a fondo como hasta el momento, mientras Max se sienta a esperar en mi cama con toda la suciedad del viaje nocturno en su ropa. Cuando quiere reprender, tiene la costumbre, que exhibe también ahora, de encoger con gesto zalamero la boca, pero también toda la cara, como si con ello intentara por un lado ayudar a que se entiendan sus reproches y por el otro mostrar que sólo la zalamería que muestra en ese momento le priva de darme una bofetada. El hecho de que yo lo obligue a adoptar contra su naturaleza esa actitud hipócrita da pie a otro reproche independiente, que parece hacerme luego, cuando enmudece, y su cara, para recuperarse de la zalamería anterior, se destensa en la dirección contraria, es decir, de la boca para atrás, lo cual, por supuesto, resulta mucho más efectivo que la cara de antes. Yo, en cambio —y así fue también en París—, tengo una especial habilidad para retraerme en mí mismo debido al cansancio, hasta tal punto que esas caras no obran el menor efecto en mí, por lo que puedo, en mi dolor, ser tan fuerte como para disculparme sin rodeos, con completa indiferencia y sin el menor sentimiento de culpa. Aquella vez, en París, eso lo tranquilizó lo bastante, al menos en apariencia, como para salir conmigo al balcón y comentar la vista, sobre todo lo muy parisina que era. Yo en realidad lo único que veía era lo fresco que estaba él, lo mucho que sin duda encajaba con un París que yo no percibía en absoluto; y que ahora él, saliendo de su oscura habitación trasera, se asomaba por primera vez desde hacía un año a un balcón soleado de París y era dignamente consciente de ello, mientras que yo, por desgracia, estaba considerablemente más cansado que la primera vez que había salido al balcón, un poco antes de que llegara Max. Y lo único que me puede librar de mi cansancio en París no es dormir, sino salir. A veces hasta me parece que eso es una peculiaridad de París.