Diarios & Carta al padre

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Al principio estoy en contra de los cafés Biard, porque creo que en ellos sólo sirven café negro. Pero luego resulta que también hay leche, aunque acompañada de repostería mala y esponjosa. Es casi la única mejora que se me ocurre para París: que en esos cafés tengan mejor repostería. Más tarde, antes de desayunar, cuando Max ya está sentado en el café, se me ocurre dar una vuelta por las calles secundarias en busca de fruta. De vuelta al café siempre como un poco, para que Max no se asombre demasiado. En un buen café cerca de la estación del ferrocarril de vapor de Versalles entramos con tarta de manzana y galletas de almendra compradas en una pastelería y nos las comemos delante de un camarero que, situado en la puerta, inclinaba el cuello para observamos, y luego hacemos el mismo intento en el café Biard, y constatamos que haciendo esto, además de disfrutar de repostería de calidad, se saborea mejor la verdadera ventaja de esos cafés, es decir, el hecho de que no lo observen a uno casi en absoluto, dado que el local está bastante vacío, además del buen servicio, cerca de todas las personas detrás del mostrador y delante de la puerta del local, siempre abierta. El único inconveniente es cuando barren el suelo, lo cual hacen a menudo porque los clientes pasan sin cesar directa mente de la calle al mostrador y viceversa, y además son fieles a la costumbre de barrer sin prestar la menor atención a los clientes.


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