Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre Burdeles organizados racionalmente. Las limpias persianas de las grandes ventanas de toda la casa están bajadas. En la caseta del portero, en lugar de un hombre una mujer vestida decentemente, que no llamaría la atención en ninguna parte. Ya en Praga he notado siempre de refilón el carácter amazonesco de los burdeles. Aquí es todavía más patente. La portera femenina que acciona su timbre eléctrico, que nos retiene en la caseta porque le indican que en ese momento hay dos clientes bajando por las escaleras, las dos mujeres de aspecto decente (¿por qué dos?) que nos reciben arriba, la luz eléctrica que se enciende en la habitación de al lado, en la que las chicas en aquel momento desocupadas estaban sentadas en la oscuridad o semioscuridad, los tres cuartos de círculo (nosotros completamos el círculo entero) en los que se disponen en posturas erguidas que las favorecen, el gran paso con el que se adelanta la elegida, el gesto con que la madame me exhorta… me siento atraído hacia la salida. Imposible imaginarme cómo fui a parar a la calle, de tan rápido como fue. Es difícil contemplar allí con detenimiento a las chicas, porque son demasiadas, guiñan los ojos, y sobre todo están demasiado cerca. Haría falta abrir los ojos de par en par, y para eso se necesita práctica. La verdad es que sólo recuerdo a la que estaba justo delante de mí. Le faltaban dientes, se estiraba hacia arriba, se sostenía el vestido con el puño cerrado por encima del pubis y abría y cerraba rápidamente y de la misma manera sus grandes ojos y su gran boca. Tenía el pelo rubio como enmarañado. Era delgada. Miedo a olvidar no quitarme el sombrero. Hay que mantener la mano apartada del ala. Solitario, largo y absurdo regreso a casa.