Diarios & Carta al padre

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Viernes [sábado] 29 [de junio de 1912]. Desayuno. Mal entendido sobre una aproximación entre el hotelero y su hija. El señor que el sábado se niega a firmar el recibo de un giro. Paseo. Max va a ver a Rowohlt[862]. Museo del gremio de libreros. No puedo contenerme a la vista de tantos libros. Las calles de sabor antiguo de este barrio de editoriales, a pesar de algunas calles rectas y casas más nuevas, aunque sin adornos. Biblioteca pública. Almuerzo en Manna. Mal. Encuentro allí a Brandeis[863]. He quedado con Max a las dos delante del monumento a Goethe. Despedida de Brandeis. Taberna Wilhelm[864], local sombrío en un patio. Rohwolt. Joven, de mejillas rojas, sudor que se remansa entre nariz y mejillas, móvil sólo a partir de las caderas. El conde Bassewitz, autor de Judas[865], alto, nervioso, cara seca, juego de cintura, cuerpo fuerte y bien cuidado. Hasenclever[866], judío, gritón, muchas sombras y claridades en la cara pequeña, también colores azulados. Los tres balancean bastones y brazos. Curioso menú del día en la taberna. Copas de vino grandes y anchas con rodajas de limón. Pinthus, corresponsal del Berliner Tageblatt[867], gordo, la cara más enjuta, corrige luego en el café Français la crítica mecanografiada de Johanna von Neapel (estreno la noche anterior[868]). Propuesta de Hasenclever de tomar el café en un burdel. No nos dejan entrar porque las señoras duermen hasta las cuatro. Aparecen todas las encargadas, salidas de la oscuridad. Café Français. Rowohlt me pide, bastante en serio, un libro. Compromisos personales de los editores y su influencia en el promedio de la literatura alemana del día. En la editorial. — Salida hacia Weimar a las cinco. La solterona en el compartimiento. Piel morena. Hermosas redondeces en la barbilla y las mejillas. Cómo se encaramaban en torno a sus piernas las costuras de las medias, tenía la cara tapada con el periódico y nosotros le mirábamos las piernas. Weimar. Ella también baja allí, después de ponerse un sombrero grande y antiguo. Volví a verla otra vez, mientras contemplaba la casa de Goethe desde la Marktplatz. Se tarda bastante en llegar al hotel Chemnitius. Casi perdemos el aliento. Buscamos una piscina. Los apartamentos divididos en tres partes que nos asignan. A Max le toca dormir en un agujero con un tragaluz. Piscina al aire libre en el Kirschberg. Lago de los cisnes. Vamos de noche a la casa de Goethe. La reconocemos de inmediato. Color ocre del conjunto. Perceptible implicación de toda nuestra vida anterior en la impresión del momento. La oscuridad de las ventanas de los cuartos deshabitados. El busto de Juno, de color claro. Tocamos la fachada. Persianas enrollables blancas un poco bajadas en todas las habitaciones. Catorce ventanas que dan a la calle. La cadena que cuelga delante. No hay descripción que pueda dar idea del conjunto. La plaza de pavimento irregular, la fuente, el perfil quebrado de la casa, que sigue la línea ascendente de la plaza. Las ventanas ligeramente alargadas insertadas en el ocre. La casa, que además es de por sí la más llamativa de las casas burguesas de Weimar.


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