Diarios & Carta al padre

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En el parque con unas niñas en un banco, el banco de las niñas, que defendemos contra los niños. Judíos polacos. Los niños les gritan «Itzig» y no quieren sentarse en el banco inmediatamente después de ellas. Hostal judío Nathan Eiselsberg, con rótulo en letras hebreas. Es un edificio destartalado que recuerda a un castillo con una gran escalera y que sobresale independiente entre calles estrechas. Sigo a un judío que sale del hostal y le hablo. Pasadas las nueve. Quiero saber algo sobre la comunidad[902]. No averiguo nada. Le resulto sospechoso. No para de mirarme los pies. Pero yo también soy judío, ¿no? Entonces puedo alojarme en casa de Eiselsberg. — No, ya tengo una habitación. Ah. — De repente se me acerca. Me pregunta si estuve hace una semana en Schöppenstedt. Nos despedimos delante de la puerta de su casa; está contento de haberse librado de mí; sin que yo se lo pregunte, me indica el camino a la sinagoga. — Gente en camisón en el peldaño de la puerta. Viejas inscripciones sin sentido. Estuve pensando en las posibilidades de ser desgraciado a manos llenas en estas calles, plazas, bancos de los parques, orillas del río. Quien pueda llorar que venga el domingo. Al caer la tarde, después de andar por ahí cinco horas, en la terraza de mi hotel, delante de un jardincillo. En la mesa de al lado los propietarios del local, con una mujer joven, animada y con aspecto de viuda. Las mejillas más escuálidas de lo necesario. El peinado con raya en medio y ahuecado.


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