Diarios & Carta al padre
Diarios & Carta al padre 9 de julio [de 1912]. El médico, un ex oficial, sonrisa amanerada que parecía demencial, llorona, de camaradería forzada. Camina con elasticidad. Seguidor del Mazdaznan[904]. Una cara hecha para la seriedad. Bien afeitado, labios para apretarlos el uno contra el otro. Sale de su consulta, entro pasando a su lado, «Pase, por favor», dice él desde atrás, riéndose. Me prohíbe comer fruta, aunque aclara que no estoy obligado a obedecerle. Yo soy un hombre instruido: que escuche sus charlas, que además están publicadas, que estudie el asunto, me forme una opinión y actúe en consecuencia. (De su charla de ayer: «Si se tienen los dedos de los pies deformados, aunque sea completamente, basta con estirárselos y al mismo tiempo respirar hondo, y con el tiempo se enderezarán». Hay otro ejercicio para hacer crecer los genitales. De las reglas de comportamiento: «Los baños de aire en plena noche son muy recomendables (yo, cuando me apetece, me deslizo fuera de la cama y salgo al prado que hay delante de mi cabaña), pero, eso sí, no hay que exponerse demasiado a la luz de la luna, porque es perjudicial».) ¡¡Las ropas que llevamos actualmente no se pueden lavar!! Esta mañana, a primera hora: ducha, gimnasia, ejercicios en grupo (me llaman el hombre del bañador), cantar un poco en coro, juego de pelota formando un gran círculo. Dos chicos suecos guapos con las piernas largas, tan bien formadas y tensadas que casi le dan a uno ganas de pasarles la lengua. Concierto de una banda militar de Goslar. Por la tarde aventando heno. Por la noche me estropeé el estómago de tal manera que de puro fastidio no tengo ganas de dar un paso. Un viejo sueco juega a perseguirse con unas niñas, y está tan enfrascado en el juego, que en un momento dado grita sin dejar de correr: Esperad, esperad, que os voy a bloquear esos Dardanelos. Se refiere al paso entre dos arbustos. Al pasar una niñera vieja y no muy guapa: ahí sí que se puede dar una palmada (la espalda cubierta por el vestido negro con puntos blancos). La permanente necesidad, carente de fundamento, de confiarse a alguien. Observar a toda persona desde ese punto de vista, si con ella sería posible o si tendrá la oportunidad de hacerlo ella misma.