Diarios & Carta al padre

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12 [de julio de 1912]. Las historias del Dr. Schiller. Un año de viaje. Luego largos debates en la hierba sobre el cristianismo. Adolf Just[908], el viejo de ojos azules que lo cura todo con arcilla y me previene contra el médico que me ha prohibido la fruta. La defensa de Dios y de la Biblia a cargo de un miembro de la Comunidad Cristiana; por si alguien necesitaba pruebas, nos lee un salmo. Mi Dr. Schiller se pone en evidencia con su ateísmo. Todas esas palabras de origen latino, como ilusión o autosugestión, no le sirven para nada. Un desconocido pregunta cómo es posible que a los americanos les vayan tan bien las cosas si reniegan cada vez que abren la boca. — En la mayoría de los casos es imposible saber lo que piensan de verdad, por más que se enzarcen en la discusión. El otro que habló tan atropelladamente del Día de la Flor[909], y de que precisamente los metodistas eran los que menos participaban. El de la Comunidad Cristiana que almuerza con su hermoso hijo pequeño cerezas y pan seco sacados de una bolsita y se pasa el resto del día tumbado en la hierba, con tres biblias abiertas delante y tomando notas. Sólo hace tres años que va por el camino de la verdad. Los bocetos al óleo holandeses del Dr. Schiller. Pont neuf. — He cargado heno. — En las Eckarplätze. — Dos hermanas. Niñas. Una con la cara delgada, actitud desaliñada, labios que se mueven el uno por encima del otro, nariz delicada que converge en un extremo puntiagudo, ojos claros no del todo abiertos. La cara irradia una inteligencia tal que he estado minutos enteros mirándola emocionado. Cuando la miro intuyo algo singular. Su hermana pequeña, más femenina, intercepta mis miradas. — Una señorita tiesa recién llegada con resplandor azulado. — La rubia con el pelo corto y enmarañado. Flexible y delgada como una correa de cuero. Falda, blusa y camisa, nada más. ¡Esa manera de caminar! — Con el Dr. Schiller (cuarenta y tres años) en el prado al caer la tarde. Pasear, estirarse, frotarse, pegarse y rascarse. Desnudo del todo. Sin vergüenza. — El olor cuando salí del escritorio al atardecer.


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