Diarios & Carta al padre

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16 [de julio de 1912]. Kühnemann. — El señor Guido von Gillhausen, capitán en la reserva, escribe poemas y compone A mi espada, etc. Hombre guapo. Por respeto a su nobleza no me atrevo a mirarlo a la cara, me entran sudores (estamos desnudos) y hablo demasiado bajo. Su anillo con sello. — Las reverencias de los jóvenes suecos. La manera de hablar entrecortada a la que se ha acostumbrado el mayor, un chico pelirrojo. — Hablo vestido en el parque con otro hombre vestido. Se tira tales pedos que no entiendo ni una palabra de lo que dice. — Excursión masiva a Harzburg, me la perdí. — Al caer la tarde. Concurso de tiro en Stapelburg. Con el Dr. Schiller y un maestro peluquero de Berlín. La amplia llanura que asciende suavemente hacia la montaña del castillo de Stapelburg guiada por viejos tilos y cruzada por la vía del tren, que aparentemente la divide en dos. La caseta desde la que disparan los tiradores. Unos campesinos viejos hacen las correspondientes anotaciones en el libro de registro. Los tres músicos que tocan el pífano, con pañuelos de mujer en la cabeza que les cuelgan por la espalda. Vieja tradición inexplicable. Algunos con viejas batas azules, sencillas y heredadas, que son del paño más fino y cuestan quince marcos. Casi todo el mundo lleva trabuco. Se carga por delante. Da la impresión de que todos están de algún modo encorvados por culpa del trabajo en el campo, sobre todo cuando forman en dos filas. Varios cabecillas viejos con sombrero de copa y sable sujeto a la cintura[915]. Llega gente con colas de caballo y otros símbolos antiguos, agitación, luego silencio y suenan los tambores y los pífanos, agitación aún mayor; para acabar, coincidiendo con el último tañido de tambor y pífano, sacan tres banderas, última agitación, voz de mando y marcha. El viejo con traje negro, gorra negra, cara un poco aplastada y barba no demasiado larga, espesa, sedosa, impecablemente blanca. El anterior campeón de tiro, también con sombrero de copa, con el cuerpo ceñido por un fajín como de ujier todo cubierto de pequeñas placas metálicas cosidas a la tela, cada una de las cuales lleva grabado el nombre del campeón de un año, acompañado del correspondiente símbolo gremial. (El que es panadero tiene una barra de pan, etc.) La marcha con música en medio del polvo y bajo la luz cambiante del cielo, muy nublado. Aspecto de muñeca de uno de los soldados que marchan (un soldado raso en activo) y los brincos con que camina. Milicia popular y guerras campesinas. Les seguimos pollas calles. A veces los tenemos más cerca, a veces más lejos, ya que al llegar a las casas de los diferentes campeones de tiro se detienen, tocan música y les sacan comida y bebida. Hacia la cola de la comitiva, el polvo se disipa paulatinamente. La última pareja es la que se ve más clara. En algunos momentos los perdemos por completo de vista. El campesino alto, con el pecho un poco hundido, cara definitiva, botas con vueltas, ropa como de cuero, con qué parsimonia se separó del dintel de la puerta. Las tres mujeres que estaban delante de él, una delante de las otras. La de en medio, morena y guapa. Las dos mujeres en la puerta de casa de labranza de enfrente. Los dos árboles enormes en ambos patios, que se unían por encima de la ancha calle. Las grandes dianas en las casas de los antiguos campeones de tiro. La pista de baile, dividida en dos, la banda, aislada en el centro en un cercado con dos filas. Por el momento vacía, unas niñas se deslizan por encima de las tablas lisas. (Me molestan cuando escribo unos ajedrecistas que están descansando y no paran de hablar.) Les ofrezco mi «refresco», ellas beben, la mayor primero. Falta de una lengua en la que podamos entendernos realmente. Les pregunto si ya han tomado la cena, incomprensión total, el Dr. Schiller les pregunta si ya han cenado, empiezan a captar algo (no habla claro, respira demasiado), sólo son capaces de contestar cuando el peluquero les pregunta si ya han merendado. Pido otro refresco para ellas, pero ya no lo quieren; lo que quieren es subir al tiovivo, me voy volando al tiovivo con las seis niñas (de seis a trece años) a mi alrededor. Por el camino, una, la que ha sugerido ir al tiovivo, se ufana de que el tiovivo es de sus padres. Nos sentamos y damos vueltas en un cochecito. Las amigas a mi alrededor, una en mis rodillas. Se aglomeran otras niñas, deseosas de compartir mi dinero, pero las mías las echan, a pesar de mis protestas. La hija del dueño vigila la cuenta para que yo no pague por las de fuera. Estoy dispuesto a dar otra vuelta si les apetece, pero la misma hija del dueño dice que ya está bien, y prefiere ir al tenderete de las chucherías. En mi estupidez y curiosidad, las llevo a la rueda de la fortuna. No abusan excesivamente de mi dinero, en la medida de lo posible. A continuación, al tenderete de las chucherías. Un tenderete con un gran surtido, expuesto de una manera tan limpia y ordenada como en la calle mayor de una ciudad. Y no son más que mercancías baratas, las mismas que en nuestros mercados. Luego volvemos a la pista de baile. Yo sentía más intensamente la experiencia que habían vivido las niñas que mis muestras de generosidad. Ahora vuelven a beber refresco y dan las gracias, la mayor en nombre de todas y cada una por su cuenta. Cuando empieza el baile tenemos que irnos, ya son las diez menos cuarto. El peluquero no para de hablar. Treinta años, barba angulosa y bigote en punta. Aficionado a las faldas, pero quiere a su mujer, que está en casa llevando el negocio y no puede viajar porque es gorda y le sientan mal los viajes. Aunque sólo vayan a Rixdorf en tranvía, tiene que bajarse dos veces para caminar un poco y recuperarse. No necesita vacaciones, se contenta con poder dormir más algunas veces. El peluquero le es fiel, ella le da todo lo que necesita. Tentaciones a las que está expuesto un peluquero. La mujer del hostelero, una chica joven. La sueca que todo lo tiene que pagar más caro. Le compra pelo a un judío de Bohemia que se llama Puderbeutel. Una vez fue a verlo una delegación socialdemócrata para pedirle que tuviese también el Vorwärts en la peluquería[916], y él les dijo «Si han venido a pedirme eso, yo no les he llamado». Pero al final cedió. Estuvo en Görlitz haciendo de «mozo» (aprendiz). Es jugador de bolos federado. Hace una semana estuvo en la gran jornada de bolos de Brunswick. En Alemania hay cerca de veinte mil jugadores de bolos federados. Estuvieron tres días tirando sin parar desde primera hora de la mañana hasta altas horas de la noche en cuatro pistas de honor. Sin embargo, no hay nadie a quien pueda considerarse inequívocamente el mejor jugador de bolos de Alemania. — Cuando volví a mi cabaña, al caer la noche, no encontré las cerillas, las pedí prestadas en la cabaña de al lado y alumbré por debajo de la mesa para ver si se habían caído al suelo. No estaban allí; lo que estaba era el vaso del agua. Poco a poco fui descubriendo que las sandalias estaban detrás del espejo de pared, las cerillas en la repisa de una ventana y el espejo de mano colgado en una esquina saliente. El orinal estaba encima del armario, la Education sentimentale en la almohada, una percha debajo de la sábana, mi tintero de viaje y un trapo mojado en la cama, etc. Todo como castigo por no haber ido a Harzburg.


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