El Castillo
El Castillo —Como habrá notado, señor agrimensor, ya conocÃa el asunto. El que no haya emprendido nada tiene dos motivos, primero mi enfermedad, y segundo que, como usted no venÃa, pensé que habÃa renunciado al trabajo. Ahora que ha sido tan amable de venir a verme, debo decirle la desagradable verdad. Ha sido aceptado como agrimensor, como usted dice, pero, por desgracia, no necesitamos a ningún agrimensor. No hay ningún trabajo para usted. Los lÃmites de nuestras pequeñas propiedades han sido trazados, todo ha sido registrado convenientemente, apenas hay transmisiones de la propiedad y las pequeñas disputas de lÃmites las arreglamos entre nosotros. ¿Para qué necesitamos, pues, a un agrimensor?
K, sin que hubiera pensado antes en ello, estaba convencido en su interior de haber esperado una comunicación similar. Por eso mismo pudo responder inmediatamente:
—Eso me sorprende mucho y arroja todos mis cálculos por la borda. Sólo espero que se trate de un malentendido.
—Por desgracia, no —dijo el alcalde—, es como le digo.
—Pero ¿cómo es posible? —exclamó K—, no he emprendido un viaje larguÃsimo para ahora ser mandado de vuelta.