El Castillo
El Castillo —Señor alcalde —dijo K—, interpreta tan bien la carta que al final no queda otra cosa más que un papel en blanco con una firma. ¿Acaso no nota que asà denigra el nombre de Klamm al que pretende respetar?
—Eso es un malentendido —dijo el alcalde—, no desconozco la importancia de la carta, ni tampoco la denigro con mi interpretación, todo lo contrario. Una carta privada de Klamm tiene, naturalmente, mucha más importancia que un escrito oficial, pero precisamente no tiene la importancia que usted le otorga.
—¿Conoce a Schwarzer? —preguntó K.
—No —dijo el alcalde—. ¿Lo conoces tú, Mizzi? Tampoco. No, no le conocemos.
—Eso es extraño —dijo K—, es el hijo de un subalcaide.
—Querido señor agrimensor —dijo el alcalde—, ¿cómo podrÃa conocer a todos los hijos de los subalcaides?
—Bien —dijo K—, entonces tendrá que creerme que lo es. Con ese Schwarzer tuve el dÃa de mi llegada una disputa enojosa. Él mismo se puso en contacto telefónico con un subalcaide apellidado Fritz y recibió la información de que yo habÃa sido contratado como agrimensor. ¿Cómo se explica eso, señor alcalde?