El Castillo
El Castillo El posadero le esperaba ante la posada. Sin ser preguntado no habrÃa osado hablar, por eso fue K quien le preguntó qué querÃa.
—¿Tienes ya una nueva vivienda? —preguntó el posadero, mirando al suelo.
—¿Preguntas por encargo de tu esposa? —dijo K—. Dependes mucho de ella, ¿no?
—No —dijo el posadero—, no pregunto por encargo de ella. Pero está muy excitada y se siente muy desgraciada por tu culpa, no puede trabajar, tampoco sale de la cama y no cesa de suspirar y de quejarse.
—¿Crees que debo visitarla? —preguntó K.
—Te lo pido —dijo el posadero—, querÃa recogerte en casa del alcalde, oà allà a través de la puerta, pero estabais en plena conversación, no querÃa molestar, además me preocupaba mi esposa, asà que regresé corriendo, pero ella no me dejó entrar en la habitación, por lo que no me quedó otro remedio que esperarte.
—Entonces vamos deprisa —dijo K—, la tranquilizaré pronto.
—Ojalá sea posible —dijo el posadero.
