El Castillo

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—Yo puse mis objeciones. Le dije que hasta ahora no había sido necesario ningún bedel en la escuela: la esposa del sacristán limpia de vez en cuando y la señorita Gisa, la maestra, lo inspecciona; yo tengo ya preocupaciones suficientes con los niños como para enojarme ahora con un bedel. El señor alcalde opuso que, sin embargo, la escuela está muy sucia. Yo le contesté, como era verdad, que no está tan mal y añadí: ¿será mejor si tomamos a ese hombre como bedel? Seguro que no, aparte de que él no entiende de esos trabajos, la escuela consta exclusivamente de dos grandes clases sin ninguna otra estancia, el bedel tiene, por tanto, que vivir con su familia en una de las clases, dormir, incluso es posible que cocinar, eso no puede aumentar, naturalmente, la limpieza. Pero el señor alcalde insistió y dijo que ese puesto podía significar la salvación para usted y que, por consiguiente, se esforzaría todo lo posible para cumplirlo a la perfección; además, el señor alcalde opinó que con usted ganábamos también las fuerzas de su esposa y de sus ayudantes, de tal forma que no sólo la escuela, sino también el jardín podrían mantenerse con una limpieza y orden ejemplares. Todo eso lo pude refutar con facilidad. Finalmente, el señor alcalde no pudo aducir más en su favor, se rió y dijo que usted es el agrimensor y que, por tanto, trazaría muy bien los macizos de flores en el jardín de la escuela. Bueno, contra las bromas no hay objeciones, así que vine aquí para transmitirle esa proposición.


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