El Castillo
El Castillo Con la mirada fija en el castillo, K siguió su camino, sin que le inquietase nada más. Pero al aproximarse, el castillo le decepcionó: en realidad sà que se trataba de un miserable villorrio, compuesto de casas de pueblo, y sólo se distinguÃa porque tal vez todo estaba construido de piedra, pero la pintura hacÃa tiempo que se habÃa caÃdo y la piedra parecÃa desmenuzarse. K se acordó fugazmente de su pueblo natal: apenas tenÃa nada que envidiarle a ese supuesto castillo; si K hubiese venido sólo para visitarlo, la larga marcha no habrÃa merecido la pena y habrÃa sido más razonable haber vuelto a visitar una vez más su lugar de nacimiento, donde hacÃa tiempo que no habÃa estado. Y comparó en su mente el campanario de su pueblo natal con la torre de arriba. El campanario, es cierto, no podÃa dudarse, se erguÃa recto, rejuveneciéndose en la parte superior, y coronado por un techo ancho de tejas rojas, un edificio terrenal —¿qué otra cosa podÃamos construir?—, pero con una finalidad muy superior a la del achaparrado villorrio y con una expresión más luminosa que la otorgada por el sombrÃo dÃa laboral. La torre de allá arriba —era lo único visible— era la torre de una vivienda, como ahora se mostraba, quizá la del castillo principal, un edificio redondo y uniforme, en parte cubierto piadosamente por la hiedra, con pequeñas ventanas que destellaban por la luz del sol —su aspecto tenÃa algo de descabellado—, y acababa en una especie de azotea, cuyas almenas, inseguras, irregulares, rotas, mordÃan el cielo azul y parecÃan haber sido diseñadas por un niño descuidado o acobardado. Era como si algún habitante afligido que tendrÃa que haberse mantenido encerrado en la habitación más alejada de la casa, hubiese roto el techo y se hubiese alzado para mostrarse al mundo.