El Castillo
El Castillo Al principio, K estaba contento de haber escapado del barullo de las criadas y de los ayudantes en la habitación caldeada. Fuera helaba un poco, la nieve era más dura, se podÃa caminar con más facilidad. Pero comenzaba a oscurecer, asà que aceleró sus pasos.
El castillo, cuyos perfiles comenzaban a difuminarse, permanecÃa, como siempre, en calma, jamás habÃa percibido K en él un signo de vida, quizá era imposible reconocer algo desde esa distancia y, sin embargo, los ojos reclamaban algo y no querÃan tolerar esa quietud. Cuando K contemplaba el castillo, a veces le parecÃa como si observase a alguien que estaba sentado allà tranquilo, mirando ante sÃ, no sumido en sus pensamientos y cerrado a todo su entorno, sino libre y despreocupado, como si estuviese solo y nadie le observase. Y, sin embargo, tenÃa que percibir que alguien le observaba, pero eso no afectaba en nada a su tranquilidad y, en realidad —no se sabÃa si como motivo o como consecuencia— las miradas del observador no podÃan mantenerse fijas y resbalaban. Ese dÃa, esa sensación se fortaleció por la temprana oscuridad: cuanto más tiempo lo contemplaba, con más profundidad se hundÃa todo en la penumbra.
