El Castillo
El Castillo Llegó congelado a casa, todo estaba oscuro, las velas en los faroles se habían consumido; conducido por los ayudantes, que conocían el lugar, logró entrar en una de las clases palpando las paredes:
—Vuestra primera acción digna de elogio —dijo recordando la carta de Klamm.
Aún medio dormida, Frieda exclamó desde una esquina:
—¡Dejad dormir a K! ¡No le molestéis!
