El Castillo
El Castillo Frieda, que había escuchado con atención, acarició lentamente su brazo y dijo que era de la misma opinión, pero que él, sin embargo, quizá valoraba demasiado la mala educación de los ayudantes, eran chicos jóvenes, alegres y algo simples, por primera vez al servicio de un forastero, liberados de la severa disciplina del castillo, por eso mismo un poco excitados y asombrados, y que en ese estado a veces cometían tonterías, sobre las que, naturalmente, uno se tenía que enojar, aunque lo más razonable sería reírse. Ella, a veces, no podía dejar de reírse. Sin embargo, estaba de acuerdo con K en que lo mejor sería desembarazarse de ellos y quedarse los dos solos. Se aproximó a K y ocultó su rostro en su hombro, y allí dijo, de forma tan incomprensible que K se tuvo que inclinar, que no conocía ningún medio contra los ayudantes y temía que fracasase todo lo propuesto por K. Por lo que ella sabía, había sido el mismo K quien los había reclamado y ahora los tenía y los mantendría. Lo mejor sería aceptarlo como un mal menor, como lo que en realidad eran, y así los soportaría mejor.