El Castillo

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XVI

K se quedó atrás con un rostro de sorpresa, Olga se rió de él y lo llevó hasta el banco al lado de la calefacción; parecía feliz de poder sentarse con él a solas, pero era una felicidad pacífica, no turbada por los celos. Y precisamente esa ausencia de celos y, por tanto, también de toda severidad, sentó bien a K; encantado miró en esos ojos azules, ni tentadores ni imperiosos, sino tímidamente tranquilos y tímidamente fijos. Era como si no le hubiesen hecho más receptivo, pero sí más sagaz para las advertencias de Frieda y de la posadera. Y él rió con Olga cuando ella se sorprendió de que hubiese llamado bondadosa precisamente a Amalia; Amalia podía ser muchas cosas, pero bondadosa, no, desde luego. K se vio obligado a aclarar que esa alabanza iba dirigida en realidad a ella, a Olga, pero que Amalia era tan dominante que no sólo se apoderaba de todo lo que se mencionaba en su presencia, sino que uno se lo asignaba voluntariamente.

—Eso es cierto —dijo Olga poniéndose más seria—, más cierto de lo que supones. Amalia es más joven que yo, también más joven que Barnabás, pero ella es la que decide en la familia, para bien y para mal; aunque también es cierto que ella soporta más que los demás, tanto lo bueno como lo malo.

K lo consideró exagerado, Amalia acababa de decir que, por ejemplo, no se ocupaba de los asuntos del hermano y que Olga, por el contrario, estaba enterada de todo.


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