El Castillo

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—Es posible —dijo Olga— que no tengamos derecho a quejarnos, en especial yo, que conozco todo de oídas y que, al ser una mujer joven, no puedo comprenderlo muy bien, como Barnabás, que se calla algunas cosas. Pero ahora escucha lo referente a las cartas, con las cartas para ti, por ejemplo. Esas cartas no las recibe directamente de Klamm, sino del escribiente. Un día cualquiera, a una hora cualquiera —por eso el servicio es tan agotador, aunque parezca fácil, pues Barnabás siempre tiene que estar alerta—, el escribiente se acuerda de él y le hace una señal. Klamm no parece ser el causante, él sigue leyendo tranquilamente en su libro; algunas veces, sin embargo, aunque eso también lo hace con frecuencia, limpia su binóculo en el momento en que Barnabás se acerca y quizá le mira, suponiendo que pueda ver sin binóculo, Barnabás lo duda, pues Klamm tiene los ojos semicerrados, parece dormir y limpiar el binóculo en sueños. Mientras, el escribiente, entre los numerosos expedientes y cartas que tiene debajo de la mesa, busca una para ti: por el aspecto del sobre parece muy vieja, como si hubiera estado allí largo tiempo. Pero, si es una carta tan vieja ¿por qué han hecho esperar tanto tiempo a Barnabás, y a ti también? Y, finalmente, a la carta, pues ya está anticuada. Y entonces Barnabás gana la fama de ser un mensajero lento y malo. El escribiente, sin embargo, se lo pone fácil, dice «de Klamm para K» y con eso despide a Barnabás. Entonces Barnabás regresa a casa, sin aliento, con la carta bajo su camisa, pegada al cuerpo, y nos sentamos aquí, en este banco, como ahora, y nos cuenta lo ocurrido y analizamos todos los pormenores y valoramos lo que ha conseguido, para, al final, concluir que ha logrado muy poco y aun esto resulta cuestionable, entonces Barnabás deja la carta, no tiene ganas de llevarla, pero tampoco tiene ganas de irse a dormir, se pone a trabajar con los zapatos y se pasa toda la noche sentado en el taburete. Así ocurre, K, y ésos son mis secretos y ya no te sorprenderás de que Amalia renuncie a ellos.


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