El Castillo
El Castillo —No quiero hablar de Sortini —dijo Olga—, con los señores del castillo todo es posible, ya se trate de la muchacha más bella o más fea. Por lo demás, te equivocas completamente respecto a Amalia. No tengo ningún motivo especial para congraciarte con Amalia y si lo intento sólo lo hago por ti. Amalia fue, en cierto modo, el origen de nuestra desgracia, eso es seguro, pero ni siquiera nuestro padre, que ha sido el más afectado por la desgracia y que nunca se ha mordido la lengua, ni siquiera él ha dicho a Amalia una palabra de reproche, ni en los peores tiempos. Y no precisamente porque hubiese aprobado el comportamiento de Amalia; ¿cómo habrÃa podido él, un admirador de Sortini, aprobarlo? No podÃa comprenderlo, lo habrÃa sacrificado todo en aras de Sortini, pero no como realmente ocurrió, con un Sortini probablemente dominado por la ira, y digo «probablemente» porque ya no supimos más de Sortini; si con anterioridad habÃa sido reservado, desde aquel momento fue como si no existiese. Y tendrÃas que haber visto a Amalia en aquel tiempo. SabÃamos que no se nos impondrÃa ningún castigo expreso. Simplemente se apartaron de nosotros, tanto la gente de aquà como la del castillo. Pero mientras notábamos cómo la gente del pueblo nos evitaba, respecto a la del castillo no notábamos nada. Tampoco antes habÃamos notado ninguna asistencia del castillo, ¿cómo podÃamos entonces notar un cambio? Esa tranquilidad fue lo peor, y no la conducta evasiva de la gente, pues los habitantes del pueblo no lo habÃan hecho por convicción, tal vez ni siquiera tenÃan algo serio contra nosotros, el actual desprecio aún no existÃa, sólo lo habÃan hecho por miedo y se limitaban a esperar para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tampoco tenÃamos que temer ninguna necesidad, nos habÃan pagado todos los deudores, los negocios que cerramos nos resultaron ventajosos, lo que nos faltaba en alimentos nos lo proporcionaron nuestros parientes, fue fácil, estábamos en tiempo de cosecha, si bien es cierto que no tenÃamos campos y nadie nos dejó trabajar en ningún lado: por primera vez en nuestra vida quedamos condenados al ocio. Y entonces nos sentamos juntos con las ventanas cerradas en el calor de julio y agosto. No ocurrió nada. Ninguna citación, ninguna noticia, ninguna visita, nada.