El Castillo

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—No —dijo Olga—, no se puede hablar de compasión o de nada parecido. Tan jóvenes e inexpertos como éramos, eso lo sabíamos muy bien y también nuestro padre lo sabía, naturalmente, pero lo había olvidado, esto como casi todo lo demás. Había concebido el plan de situarse en la carretera principal, cerca del castillo, por donde pasaban los coches de los funcionarios, y siempre que pudiera presentar su solicitud de perdón. Dicho con sinceridad, un plan demencial, incluso si hubiese ocurrido lo imposible y su solicitud hubiese llegado realmente hasta el oído de un funcionario. ¿Acaso puede perdonar un solo funcionario? Eso tendría que ser competencia de la administración en conjunto, pero incluso ésta probablemente no puede perdonar, sólo juzgar. Ahora bien, ¿puede hacerse una idea del asunto un funcionario, incluso en el caso de que se bajase y se ocupase de él, en virtud de lo que nuestro pobre, cansado y viejo padre le murmura? Los funcionarios son muy instruidos, pero también parciales, en su especialidad un funcionario deduce de una palabra cadenas enteras de pensamientos, pero se puede intentar aclararles cosas que no son de su departamento durante horas, quizá asientan amablemente con la cabeza, pero no comprenderán nada. Todo esto es evidente, intenta comprender los pequeños asuntos oficiales que le incumben a un funcionario, problemas minúsculos que él soluciona con un encogerse de hombros, intenta comprenderlos a fondo y para ello necesitarás toda la vida y aun así no llegarás al final. Pero si nuestro padre hubiese dado con un funcionario competente, éste no podría solucionar nada sin las actas previas y, por supuesto, tampoco en medio de la carretera principal; un funcionario competente no puede perdonar, sino archivar oficialmente el caso y para eso indicar de nuevo la vía oficial, pero conseguir algo en esta vía le habría sido completamente imposible a nuestro padre. Hasta qué punto había llegado nuestro padre para querer poner en práctica semejante plan. Si hubiese una oportunidad, por muy lejana que fuese, la carretera principal estaría llena de pedigüeños, pero como aquí se trata de una imposibilidad, de la que para darse cuenta sólo se necesita una educación básica, está completamente vacía. Quizá eso fortaleciese la esperanza de nuestro padre, él la alimentaba de todo lo que encontraba. Aquí resultaba muy necesario, el sentido común no tenía por qué perderse en grandes reflexiones, tenía que reconocer claramente la imposibilidad en lo más superficial. Cuando los funcionarios se trasladan al pueblo o regresan al castillo, esos viajes no son de ocio, en el pueblo y en el castillo les espera el trabajo, por eso viajan a la mayor velocidad. Ni siquiera se les ocurre mirar por la ventanilla y buscar allí peticionarios, sino que los coches están llenos de actas y expedientes que los funcionarios estudian ininterrumpidamente.


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