El Castillo
El Castillo K se dio cuenta entonces del silencio que reinaba en el corredor, y no sólo en la parte en que habÃa estado con Frieda y que parecÃa pertenecer a los espacios adyacentes a la taberna,—sino también en el corredor largo con las habitaciones en las que antes habÃa existido tanta agitación. Asà que los señores se habÃan quedado finalmente dormidos. También K estaba muy cansado, tal vez a causa del cansancio no se habÃa defendido contra JeremÃas como tendrÃa que haberlo hecho. Probablemente hubiese sido más astuto cambiar de estrategia y haberse puesto en el mismo plano que JeremÃas, quien exageraba visiblemente su resfriado —su estado deplorable no se debÃa al resfriado, sino que era innato y no se dejaba curar por ningún té medicinal—, haberse puesto en su mismo plano, mostrando su gran cansancio real, agachándose allà mismo, en el corredor, lo que le tendrÃa que haber sentado muy bien, dormir un poco y quizá haberse dejado cuidar. Pero no le habrÃa ido tan bien como a JeremÃas, quien con toda seguridad habrÃa ganado en esa competición por la compasión ajena y, además, con razón, asà como en cualquier otro tipo de lucha. K estaba tan cansado que pensó si no deberÃa intentar entrar en una de esas habitaciones, de las que alguna podrÃa estar vacÃa, y dormir profundamente sobre una buena cama. Eso habrÃa sido, según su opinión, una buena indemnización por mucho de lo acaecido. También tenÃa consigo una bebida que le facilitarÃa el sueño. En la bandeja que Frieda habÃa dejado en el suelo habÃa una pequeña garrafa que contenÃa algo de ron. K acometió el esfuerzo de regresar y la vació.
