El Castillo
El Castillo Y con esa idea coincidía que ya a las cinco de la mañana todo se tornase animado a los lados del corredor. Esa confusión de voces en las habitaciones tenía algo de extremadamente alegre. Una vez sonaba como el júbilo de los niños que se preparan para irse de excursión, otras veces como el amanecer en el gallinero, como la alegría de estar en consonancia con el día que despierta, incluso en un momento uno de los señores imitó el canto de un gallo. El corredor, sin embargo, aún estaba vacío, pero las puertas ya estaban en movimiento, una y otra vez se abría alguna de ellas y se cerraba en seguida, el corredor zumbaba por el abrir y cerrar de puertas, K también vio por arriba, en el resquicio que dejaban las paredes sin llegar al techo, cómo aparecían las cabezas desgreñadas y volvían a desaparecer. Desde el fondo venía lentamente un carrito, llevado por un sirviente, que contenía expedientes. Un segundo sirviente caminaba a su lado, tenía una lista en la mano y comparaba los números de las puertas con el de los expedientes. El carrito se detenía ante la mayoría de las puertas; por regla general se abría entonces la puerta y los expedientes correspondientes, a veces sólo una hoja —en estos casos se producía una pequeña conversación entre la habitación y el corredor, probablemente se le hacían reproches al sirviente—, eran entregados en la habitación. Si la puerta permanecía cerrada, se colocaban cuidadosamente ante ella. En esos casos a K le pareció como si no cesase el movimiento en las puertas contiguas, sino que aumentase. Tal vez los otros se asomaban para mirar llenos de ansiedad los expedientes acumulados incomprensiblemente ante la puerta, no podían comprender que alguien que sólo tenía que abrir la puerta para apoderarse de sus expedientes no lo hiciese; quizá incluso fuese posible que más tarde se repartiesen definitivamente los expedientes abandonados entre los demás señores, quienes en ese momento, asomándose continuamente, querían convencerse de si los expedientes seguían ante la puerta y si, por tanto, aún podían albergar esperanzas. Por lo demás, esos expedientes abandonados en el suelo solían ser gruesos legajos y K supuso que se habían dejado allí provisionalmente por cierta fanfarronería o maldad o por un justificado orgullo frente a los colegas. Algo fortaleció esa suposición: que a veces, y precisamente cuando él no miraba, el paquete, después de haber estado allí en exhibición un buen rato, era retirado repentinamente y a toda prisa, quedando la puerta tan inmóvil como antes. También las puertas vecinas se tranquilizaban en ese caso, decepcionadas o también satisfechas de que ese motivo de irritación hubiese desaparecido, pero poco después volvían a entrar en movimiento.