El Castillo
El Castillo Le habrÃa gustado hablar confidencialmente con Frieda, pero los ayudantes, con quienes, por lo demás, Frieda reÃa y bromeaba de vez en cuando, se lo impedÃan con su impertinente presencia. Desde luego no se podÃa decir que fuesen exigentes, se habÃan instalado en el suelo, sobre dos faldas viejas; su ambición, como le repitieron a Frieda, consistÃa en no molestar a K y en ocupar el mÃnimo espacio posible; a este respecto, si bien es cierto que sin dejar de susurrar y soltar risitas medio ahogadas, doblaban brazos y piernas, se acurrucaban el uno junto al otro y en la penumbra sólo se veÃa un gran ovillo. Sin embargo, se apreciaba muy bien que con la luz del dÃa se convertÃan en observadores atentos, siempre mirando fijamente a K, ya fuese empleando sus manos como telescopios al igual que los niños en sus juegos y realizando otras cosas absurdas, o sólo parpadeando mientras parecÃan ocupados en el cuidado de sus barbas, a las que atribuÃan una gran importancia, comparándolas innumerables veces en su longitud y densidad y dejando que Frieda las juzgase. K miraba frecuentemente desde su cama con completa indiferencia los manejos de los tres.
