El Castillo

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IV. CONVERSACIÓN CON LA POSADERA

Le habría gustado hablar confidencialmente con Frieda, pero los ayudantes, con quienes, por lo demás, Frieda reía y bromeaba de vez en cuando, se lo impedían con su impertinente presencia. Desde luego no se podía decir que fuesen exigentes, se habían instalado en el suelo, sobre dos faldas viejas; su ambición, como le repitieron a Frieda, consistía en no molestar a K y en ocupar el mínimo espacio posible; a este respecto, si bien es cierto que sin dejar de susurrar y soltar risitas medio ahogadas, doblaban brazos y piernas, se acurrucaban el uno junto al otro y en la penumbra sólo se veía un gran ovillo. Sin embargo, se apreciaba muy bien que con la luz del día se convertían en observadores atentos, siempre mirando fijamente a K, ya fuese empleando sus manos como telescopios al igual que los niños en sus juegos y realizando otras cosas absurdas, o sólo parpadeando mientras parecían ocupados en el cuidado de sus barbas, a las que atribuían una gran importancia, comparándolas innumerables veces en su longitud y densidad y dejando que Frieda las juzgase. K miraba frecuentemente desde su cama con completa indiferencia los manejos de los tres.




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