El fogonero
El fogonero «Ahora voy a ir a la oficina y les voy a decir a esos señores lo que pienso. Ya no hay nadie y no hace falta andarse con miramientos». El fogonero repitió aquello mismo de diferentes maneras. Ya de camino se escoró a un lado dando un paso largo para pisar una rata que se les había cruzado, pero lo único que logró es que desapareciera más aprisa por el agujero. El fogonero era un hombre algo lento de movimientos y aunque sus piernas fuesen largas también eran demasiado pesadas.
Atravesaron un par de compartimentos pertenecientes a las cocinas en donde algunas mujeres con delantales manchados —parecía que se tiraban agua— estaban lavando platos dentro de tinas muy grandes. El fogonero llamó a una tal Line, la cogió del talle y así anduvo con ella un trecho mientras ella se le apretaba coquetamente contra el brazo. «Van a pagarnos ahora, ¿quieres venir?», preguntó él. «Para qué molestarse. Mejor tráeme tú el dinero», respondió ella. Luego se escurrió bajo el brazo y se fue corriendo. «¿Dónde has pescado a ese muchacho tan guapo?», preguntó sin esperar respuesta. En ese momento se escuchó la risa de todas las muchachas que, entretanto, habían interrumpido su trabajo.
