El Proceso

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Tú quieres denunciarme también a mí dijo el azotador, y procurarme también unos azotes.

No, sé razonable dijo K, si hubiese querido que azotasen a estos hombres, no trataría ahora de liberarlos del castigo. Simplemente cerraría la puerta, no querría ver ni oír nada y me iría a mi casa. Sin embargo, no lo hago, sino que pretendo seriamente liberarlos. Si hubiera sospechado que los iban a castigar, no hubiera mencionado sus nombres. No los considero culpables, culpable es la organización, culpables son los funcionarios superiores.

Así es dijeron los vigilantes y recibieron de inmediato un latigazo en sus desnudas espaldas.

Si tuvieras a un juez a merced de tu látigo dijo K, y bajó el látigo que ya se elevaba otra vez, no te impediría que lo azotases, todo lo contrario, te daría dinero para motivarte.

Lo que dices suena creíble dijo el azotador, pero yo no me dejo sobornar. Mi puesto es el de azotador, así que azoto.

El vigilante Franz, que se había mantenido reservado hasta ese momento, tal vez con la esperanza de que la intercesión de K tuviera éxito, se acercó ahora a K, sólo vestido con los pantalones, y se arrodilló ante él cogiéndole la mano. A continuación, musitó:


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