El Proceso

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La señorita Montag le siguió unos pasos como si no confiase en él. No obstante, ambos tuvieron que apartarse nada más llegar a la puerta, pues el capitán Lanz entró. K era la primera vez que lo veía de cerca. Era un hombre alto, de unos cuarenta años, con un rostro carnoso y bronceado. Hizo una ligera inclinación, también dirigida a K, luego se acercó hasta donde estaba la señorita Montag y besó obsequioso su mano. Su cortesía frente a la señorita Montag contrastaba con la actitud que K había tenido ante ella. Pero la señorita Montag no parecía enojada con K, pues, según le pareció, quiso presentarle al capitán. Pero K no quería que le presentaran, no hubiese sido adecuado ser amable con el capitán o con la señorita Montag, el beso en la mano la había unido, para él, a un grupo que, bajo la apariencia de una extremada inocencia y desinterés, intentaba apartarle de la señorita Bürstner. K no sólo creyó reconocer esto, sino también que la señorita Montag había escogido un buen medio, aunque de dos filos. Por una parte, exageraba la importancia de la relación entre la señorita Bürstner y K, por otra, exageraba la importancia de la entrevista solicitada e intentaba darle la vuelta a la argumentación, de tal modo que K apareciese como el que lo exageraba todo. Se equivocaba, K no quería exagerar nada, K sabía que la señorita Bürstner no era más que una pequeña mecanógrafa que no podría ofrecerle resistencia durante mucho tiempo. Ni siquiera había tomado en cuenta lo que la señora Grubach sabía de la señorita Bürstner. Reflexionó sobre todo esto mientras salía de la habitación sin apenas despedirse. Quiso volver de inmediato a su cuarto, pero oyó, desde el comedor, la risa de la señorita Montag, y pensó que podría prepararles una sorpresa a ambos, tanto a ella como al capitán. Miró alrededor y escuchó por si acaso podía ser descubierto por alguien de las habitaciones vecinas. Reinaba el silencio, sólo se oía la conversación en el comedor y, en el pasillo que conducía a la cocina, la voz de la señora Grubach. La oportunidad parecía favorable. K se acercó a la puerta de la habitación de la señorita Bürstner y tocó sin hacer apenas ruido. Como no se oyó nada, volvió a llamar, pero tampoco obtuvo respuesta. ¿Dormía o realmente se encontraba mal? ¿O tal vez no quería abrir porque sospechaba que esa forma de llamar sólo podía proceder de K? K supuso que no quería abrir, así que golpeó la puerta con más fuerza. Como tampoco tuvo éxito, abrió la puerta con precaución, aunque no sin el sentimiento de hacer algo incorrecto, y además inútil. En la habitación no había nadie. Apenas recordaba a la habitación que K había visto. En la pared había dos camas contiguas, habían situado tres sillas cerca de la puerta y estaban repletas de ropa; un armario permanecía abierto. Era posible que la señorita Bürstner hubiera salido mientras K conversaba con la señorita Montag en el comedor. K no estaba muy desilusionado, no había esperado poder encontrar tan fácilmente a la señorita Bürstner. Lo había intentado sólo como consuelo contra la señorita Montag. Más desagradable fue, cuando K, mientras cerraba la puerta, vio, a través de la puerta del comedor, cómo conversaban la señorita Montag y el capitán. Era probable que ya permanecieran así antes de que K hubiese abierto la puerta, evitaban dar la impresión de que le observaban, se limitaban a conversar en voz baja y seguían los movimientos de K con la mirada, como se mira distraído durante una conversación. Pero a K esas miradas le afectaron especialmente: se apresuró a llegar a su habitación sin separarse de la pared.


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