El Proceso

El Proceso

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Esa amistad era conocida entre los contertulios; al final, sin embargo, se olvidó quién había introducido a K en la sociedad, aunque Hasterer le cubría en todo momento. Si el derecho de K a sentarse entre ellos hubiese sido puesto en duda, habría podido apelar a Hasterer con todo derecho. Por eso K ocupó una posición privilegiada, pues Hasterer era tan admirado como temido. La fuerza de su argumentación jurídica era digna de admiración, pero había otros señores que estaban a su altura en ese terreno. No obstante, ninguno de ellos alcanzaba la impetuosidad con que defendía su opinión. K tenía la impresión de que Hasterer, cuando no podía convencer a su contrario, al menos le quería asustar, sólo ante su dedo índice admonitorio había más de uno que retrocedía. Entonces era como si el oponente olvidara que estaba en la compañía de buenos conocidos y colegas, que sólo se trataba de cuestiones teóricas y de que en realidad no podía ocurrirle nada. A pesar de todo esto, enmudecía y un ligero balanceo de cabeza ya era un acto de valor. Era un espectáculo patético cuando el oponente estaba sentado lejos; Hasterer sabía que con esa distancia no se podría llegar a ninguna unanimidad, a no ser que desplazara el plato de la cena y se levantase lentamente para buscar al hombre en cuestión. Los que estaban a su lado miraban hacia arriba para observar su rostro. Pero esos incidentes eran relativamente escasos, ante todo se irritaba tratando de cuestiones jurídicas, principalmente en aquellas que aludían a procesos en los que él mismo participaba o había participado. Si no se trataba de esas cuestiones, permanecía tranquilo y amable, su sonrisa era cariñosa y su pasión era comer y beber. Podía ocurrir incluso que no escuchase la conversación, se volviera hacia K, pusiera el brazo sobre el respaldo de la silla de éste, le preguntase algo en voz baja acerca del banco, luego hablase él sobre su propio trabajo y contase algo sobre las damas que conocía, que le daban tanto o más trabajo que el tribunal. Con ningún otro hablaba así, podía ocurrir, incluso, que cuando alguien quería solicitar algo de Hasterer ––la mayoría de las veces para lograr una reconciliación con algún colega–– se dirigiera primero a K y le pidiera su intercesión, a lo que él siempre accedía. Sin aprovecharse en este sentido de la amistad con Hasterer, K era amable y modesto con todos los demás y sabía distinguir ––lo que era mucho más importante que la cortesía y la modestia–– los distintos rangos jerárquicos y tratar a cada uno según su posición. Hasterer le ilustraba a este respecto una y otra vez, ésas eran las únicas normas que ni siquiera Hasterer rompía en sus debates más enconados. Por el respeto a estas normas se juzgaba también a los jóvenes situados al fondo de la mesa, que aún no poseían rango alguno y a los que se dirigían como si no fueran individuos, sino una masa compacta. Pero precisamente estos jóvenes eran los que brindaban mayores honores a Hasterer, y cuando se levantaba a las once para irse a casa, siempre había uno dispuesto a ayudarle a ponerse el pesado abrigo y otro que con inclinaciones se apresuraba a abrirle la puerta y, naturalmente, la mantenía abierta hasta que K abandonaba la estancia detrás de él.


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