La Condena

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Al andar, su pesada bata se abrió, y el amplio vuelo onduló susurrante en torno del anciano. «Mi padre es todavía un gigante», pensó Georg.

—Aquí está insoportablemente oscuro —dijo luego.

—Sí, está bastante oscuro —contestó el padre.

—¿Y tienes la ventana cerrada, además?

—Lo prefiero así.

—Afuera hace bastante calor —dijo Georg, como si continuara su observación anterior, y se sentó.

El padre recogió los platos del desayuno y los colocó sobre una cómoda.

—Sólo quería decirte —prosiguió Georg, que seguía con la mirada los movimientos de su padre, como si estuviera ausente— que he decidido enviar a San Petersburgo la noticia de mi compromiso.

Sacó del bolsillo un extremo de la carta y luego volvió a guardarla.

—¿A San Petersburgo? —preguntó el padre.

—Sí, a mi amigo —dijo Georg, buscando la mirada de su padre.

«En el negocio es otro hombre —pensó—; con qué solidez está aquí sentado, con los brazos cruzados sobre el pecho.»

—Sí. A tu amigo —dijo el padre con énfasis.


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