La Condena
La Condena Mi octavo hijo es mi desesperación, y realmente no sé por qué motivo. Me trata como a un desconocido, y no obstante siento que me une a él un estrecho vínculo paterno. El tiempo no has hecho mucho bien; pero antes yo solía estremecerme cuando pensaba en él. Sigue su propio camino; ha roto todo vínculo conmigo; y ciertamente, con su cabeza dura, su cuerpecito atlético —aunque cuando era muchacho sus piernas eran muy débiles, pero quizá con el tiempo ese defecto se haya subsanado— llegará con toda facilidad adonde se proponga ir. Muchas veces he deseado volver a llamarle, preguntarle cómo le iba realmente, por qué se alejaba de ese modo de su padre, y cuáles eran sus propósitos fundamentales, pero ahora está tan lejos, y ha pasado tanto tiempo, que es mejor dejar las cosas como están. He oído decir que es el único hijo mío que usa barba; naturalmente, eso no puede quedar bien en un hombre tan bajo como él.