La Condena
La Condena Mi undécimo hijo es delicado, quizás el más débil de mis hijos; pero su debilidad es engañosa, porque a veces sabe mostrarse fuerte y decidido, aunque en el fondo también en esos casos padezca de una debilidad fundamental. Pero no es una debilidad vergonzosa, sino algo que sólo parece debilidad a ras de tierra. ¿No es acaso, por ejemplo, una debilidad la predisposición al vuelo, que después de todo consiste en una inquietud y una indecisión y un aleteo? Algo parecido ocurre con mi hijo. Naturalmente, éstas no son cualidades que regocijen a un padre; evidentemente, tienden a la destrucción de la familia. Muchas veces me mira, como si quisiera decirme: «Te llevaré conmigo, padre». Entonces pienso: «Eres la última persona a quien me confiaría». Y su mirada parece replicarme: «Déjame entonces ser por lo menos la última».
Éstos son mis once hijos.
Se ha comprobado que el asesinato tuvo lugar de la siguiente manera:
Schmar, el asesino, se apostó alrededor de las nueve de la noche —una noche de luna— en la intersección de la calle donde se encuentra el escritorio de Wese, la víctima, y la calle donde ésta vivía.
