La Condena

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Finalmente sonó la campanilla de la puerta del escritorio de Wese, demasiado fuerte para la campanilla de una puerta; sonó por toda la ciudad, hacia el cielo, y Wese, el laborioso trabajador nocturno, salió de la casa, todavía invisible, sólo anunciado por el sonido de la campanilla; inmediatamente, el pavimento registra sus tranquilos pasos.

Pallas se asoma todavía más; no se atreve a perder ningún detalle. La señora Wese, tranquilizada por el sonido de la campanilla, cierra ruidosamente la ventana. Pero Schmar se arrodilla; como en ese momento no tiene ninguna otra parte del cuerpo descubierta, sólo apoya la cara y las manos contra las piedras; donde todo se hiela, Schmar arde.

En la misma esquina en que ambas calles se encuentran, se detiene Wese; sólo el bastón en que se apoya asoma por la otra calle. Un capricho. El cielo nocturno le atrae, y el azul oscuro y el oro. Sin pensar lo contempla, sin pensar se levanta el sombrero y se acaricia el pelo; allá arriba, ninguna armoniosa conjunción le señala su inmediato futuro; todo sigue en su insensato, inescrutable lugar. En sí y para sí, es muy razonable que Wese siga su camino; pero se encamina hacia el cuchillo de Schmar.

—¡Wese! —grita Schmar, poniéndose de puntillas, con el brazo extendido, y el cuchillo en vertical—. ¡Wese! En vano te espera Julia.


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