La Condena

La Condena

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La señora Wese, con una muchedumbre a cada lado, se acerca veloz, su rostro totalmente envejecido por el terror. El abrigo de piel se abre, la señora se arroja sobre Wese, a quien ese cuerpo envuelto en un camisón pertenece; el abrigo de piel que se abate sobre el matrimonio, como el césped de una tumba, pertenece a la multitud.

Schmar, conteniendo con dificultad su última náusea, apoya la boca sobre el hombro del policía que con livianos pasos se lo lleva.

Un sueño

Josef K. soñó:

Era un día hermoso, y K. quiso salir a pasear. Pero apenas dio dos pasos, llegó al cementerio. Vio numerosos e intrincados senderos, muy ingeniosos y nada prácticos; K. flotaba sobre uno de esos senderos como sobre un torrente, en un inconmovible deslizamiento. Desde lejos, su mirada advirtió el montículo de una tumba recién rellenada, y quiso detenerse a su lado. Ese montículo ejercía sobre él casi una fascinación, y le parecía que nunca podría acercarse demasiado rápidamente. A veces, sin embargo, la tumba casi desaparecía de la vista, oculta por estandartes cuyos lienzos flameaban y entrechocaban con gran fuerza; no se veía a los portadores de los estandartes, pero era como si allí reinara un gran júbilo.


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