La Condena
La Condena —¿Tampoco sabe eso? —dijo el oficial, asombrado, y se mordió los labios—. Perdóneme si mis explicaciones son tal vez un poco desordenadas: le ruego realmente que me disculpe. En otros tiempos, correspondÃa en realidad al comandante dar las explicaciones, pero el nuevo comandante rehúye ese honroso deber; de todos modos, el hecho de que a una visita de semejante importancia —y aquà el explorador trató de restar importancia al elogio, con un ademán de las manos, pero el oficial insistió—, a una visita de semejante importancia ni siquiera se la ponga en conocimiento del carácter de nuestras sentencias, constituye también una insólita novedad, que… —y con una maldición al borde de los labios se contuvo y prosiguió—. … Yo no sabÃa nada, la culpa no es mÃa. De todos modos, yo soy la persona más capacitada para explicar nuestros procedimientos, ya que tengo en mi poder —y se palmeó el bolsillo superior— los respectivos diseños preparados por la propia mano de nuestro antiguo comandante.
—¿Los diseños del comandante mismo? —preguntó el explorador—. ¿ReunÃa entonces todas las cualidades? ¿Era soldado, juez, constructor, quÃmico y dibujante?
—Efectivamente —dijo el oficial, asintiendo con una mirada impenetrable y lejana.